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História

LA CALESITA DE LA VIDA

Sinopse

La apasionada vida de Mabel Gaddi, una mujer con tres hijos, diez nietos y nueve bisnietos. Los afectos de la infancia, los primeros amores, el casamiento con un marino, las luchas vitales por la salud de seres queridos y la última etapa de la vida. La conciencia acerca de la subjetividad del dicho de que los viejos tiempos han sido mejores. La muerte y la fe.

Entrevistado por Gaspar Segafredo durante a formação "Museu da Pessoa - Rede internacional de histórias de vida" de 8 a 12 de novembro de 2016, realizada em parceria com o programa IberCultura Viva.

História completa

Hace poquito tiempo, cuando estaba por entrar al quirófano, pensé que ya no volvería. Desde la camilla miraba el techo, que pasaba rápido, como un pasillo al revés… Intenté pensar con quién me encontraría, quién me iba a recibir, después de... Primero me dije mamá, papá; mi nieta, Nadín. Pero sentía que me había alejado. Con mamá hace tiempo ya no hablaba. Hace rato había perdido la fe. Intentaba buscar algo de qué aferrarme.

No pensar en el vacío, en que no habría nada.

Mi infancia… todos lindos recuerdos. Para mí no había mejores padres. Me hacían sentir segura, fuerte, bien, viva, muy querida. Lo principal que le podés dar a una criatura. Mucho cariño de parte de ellos. Mi hermana, no, con mi hermana nos agarrábamos de los pelos. Pero nunca nos íbamos a dormir sin saludarnos. Por ahí tenía una rabia y un sueño, pero no me podía dormir sin decirle “hasta mañana, Susana”. Ella contestaba “hasta mañana Mabel”. Bueno, ahí estábamos en paz, dormíamos tranquilas porque ya nos habíamos amigado.

Nos mudábamos seguido, porque nos aburríamos de vivir en el mismo lugar. La casa que más recuerdo es la quinta de mi abuelo, donde nos criamos con nuestros primos. Jugábamos a todo, pero más a juegos de varones en el jardín. Muñeca poco, porque Susana si yo agarraba una muñeca me decía “no seas tarada…”. Después mis tres hijos se criaron allí también. Mis nietos no llegaron a verla. La casa era medio misteriosa a la noche, había ruidos. Allí nacieron y murieron muchos de la familia. Ina también murió en la quinta. Ella era una viejita que nos crió a nosotros, que la queríamos tanto. Era como una segunda madre para nosotros.

Mamá y papá salían bastante. Y yo era muy miedosa, Susana no, ella me asustaba, la loca. Yo le tenía miedo a los espíritus, a lo que no veía, a los ruidos. Porque mamá nos inculcó el miedo. Y la quinta era enorme. También hacían sesiones de espiritismo ahí. Entonces, cuando mis padres salían, Ina se tiraba en mi cama, y me tenía la mano. En ningún momento estuve sola. Jamás estuve sola. Y hasta que no llegaran mis padres, no me soltaba la mano. Me acuerdo que incluso de más grande, cuando tenía una problema, me sentaba en la falda de Ina, que desde que la conocí era viejita, viejita.

En el barrio nos conocíamos todos. Era muy especial. En carnaval se hacía el corsito en la calle principal que era adoquinada. Íbamos todos los muchachos y las chicas. Había serpentinas, pomitos, sifoncitos… No teníamos teléfono ni televisor, nos veíamos ahí. Y ahí enganchabas a los que te gustaban. Como mi primer novio, mi primer amor, que nunca lo olvidé ni lo voy a olvidar. Vivía a la vuelta de casa y todos los días nos veíamos. Pasaba a las seis y media por la esquina porque le daba vergüenza tocar el timbre en casa. Yo salía a la puerta, lo saludaba y lo hacía entrar. Bueno, y después lo dejé yo… por tarada, pero bueno, qué vas a hacer… Ina me dijo: “Nena, vos sos loca, no lo dejes a este chico, no vas a encontrar otro tan bueno que te aguante como él”. Y no lo encontré. Igual estoy feliz con todo lo que hice, volvería a hacerlo todo de nuevo, por mis hijos.

Cuando conocí al padre de mis hijos, Dante, un marino, me deslumbré. Era inteligente, pintón y una persona muy de bien. Me fui a Italia con él, vivía con mi suegra y cada cuarenta días lo veía dos días. Esos dos días eran divinos. Aprovechábamos hasta el último minuto para estar juntos, disfrutar. Pero se iba. Yo viajaba hasta Portofino a despedirlo; había un faro, frente al que pasaba su barco recién salido del puerto de Génova. Tocaba la bocina, buubuuu… y con el megáfono, me gritaba “chau, Mabel”… Pero después eran cuarenta días con mi suegra. Me volvía loca. Hasta que al final, nos volvimos. Apenas llegué, era tal la alegría de estar en casa, en mi Buenos Aires y con mi familia, que quedé embarazada en cuanto llegué. Lo que más quería era tener hijos: tuve tres. Lo único que me jorobó tremendamente era que no podía dormir. El resto era un amor tan grande… El momento más feliz era cuando estaban dormidos, y decía “qué angelitos” (ríe). Dante no estaba casi nunca y si estaba, me decía “yo vengo a las ocho, que estén dormidos, por favor”. Entonces tenía que hacer todo a los piques y que estuvieran dormidos. Nunca les cambió un pañal, si le dabas un pañal se lo ponía de sombrero.

A pesar de todo estuvimos bien, luchamos, pero con buena onda, todo con buena onda. Después, cuando se enfermó, tuvo cáncer, fue muy duro. La peleamos juntos, aunque nunca le dije lo que tenía; él se rompía todo tomando sus vitaminas, haciendo sus ejercicios. Tenía un tumor en el fémur. Una noche se le rompió el hueso que ya estaba carcomido… no había quien lo calmara. Lo cargamos en la ambulancia y lo llevamos a la clínica que le tocaba por su obra social. Ahí dijeron que o le cortaban la pierna o seguía así con morfina. Le daban dos meses de vida. Dante ya no daba más, estaba verde de dolor. Pero decidí que no le harían ninguna de esas cosas, y lo llevé al mejor médico del hospital italiano. Lo operó y le puso una prótesis. Nos quedamos como dos meses en el hospital. Yo no sabía cómo lo iba a pagar… pero igual con Dante nos tomábamos el Fernet a las siete; en los pasillos había una caja grande de la que sacábamos hielo y me habían regalado unos vasos de whisky también, porque nos hicimos amigos de todos ahí. Y llegó un momento en que salió a flote.

Cuando el médico dijo que en una semana se podía ir, fui a hablar con los armadores (dueños de la compañía de navegación para la que trabajaba Dante). Dijeron que ellos iban a pagar lo que correspondía por obra social, pero que otra plata no. Entonces con mi hija mayor, nos fuimos a ver a los gremialistas (ríe), al gremio. Fuimos a hablar y yo le dije: “Usted se imagina, yo hice mal en llevarlo ahí, porque tendría que haber buscado otra cosa, pero si me dicen que le van a cortar la pierna a mi marido … ¿qué puedo hacer?”. Ellos fueron a hablar con los armadores, que dijeron que no. Entonces pararon el arenero, ¡pararon el barco! Dante no sabía nada. A veces me preguntaba “¿pero de la plata, sabés algo?”. Se ponía nervioso. Y yo le decía “no te aflijas que va a venir, y si no tenemos la plata me agarra un ataque de apendicitis y nos quedamos acá hasta que nos paguen, vos no te hagas problema”. La última noche, me llama el capo del gremio, me dice “señora, quédese tranquila, mañana van a pagar los armadores”. Lo único que le dije a Dante fue: “Ya podés descansar, pagan mañana”. La cuestión es que salió, gracias a Dios. Después el doctor me pedía que lo llevara a sus clases, para mostrar como ejemplo de curación. Yo lo llevaba bajo la condición de que no nombraran la enfermedad.

Después nació mi primera nieta. Mi hija Nadia era jovencita, dieciocho años. Cuando la tuvo fue una gloria. Terminé toda hinchada por una alergia, porque nacía mi nieta; el parto parece que lo hubiera tenido yo. Era una felicidad enorme. La nena, divina, Nadín, era igual a su padre Miguel. De mis nietos es la que más estuvo conmigo, de chiquitita. Porque la madre estudiaba. Y ya cuando nació el segundo, al poco tiempo me separé de Dante. Miguel la ayudó muchísimo, porque Nadia siguió teniendo hijos y estudiando. Cargaba a sus hijos, se los llevaba en colectivo como sea. Siempre activa, siempre dispuesta a todo. Tuvo seis, uno atrás de otro, no sé cómo hizo. Y Miguel muy compañero. Después los otros nietos, italianos, pero que nacieron acá. Se iban para Italia, y yo todos los años iba a verlos.

Tiempo después, el primer bisnieto… Al principio cuando me enteré de que tendría un bisnieto estaba un poco shockeada. La primera nieta y el primer bisnieto, me sorprendieron un poco, pero para bien. Es cierto que yo tuve a mi primera hija a la misma edad que mi hija a mi nieta, y que mi nieto a mi bisnieto. Me resultó chocante porque los veía más jóvenes que yo a la misma edad. Cambió mucho. Ahora los chicos de veinte son criaturas. Son chicos muy jóvenes, con poca experiencia, recién empiezan a vivir. Antes, a los veinte, un muchacho era grande. Y una mujer soltera de cuarenta años era una solterona, tenía que empezar a coser. Y si se casaba, Dios mío… El abuelo decía, “uy si se casa esa le va a agarrar botulismo al marido” (ríe)… Y un hombre de cuarenta años, era un viejo verde. Y más si quería hacerse el piola con una chica; era un viejo verde asqueroso. Ahora alguien de cuarenta es joven. Cambió la vida, cambió el mundo, cambió todo.

Antes los chicos salían a la calle, se fijaban dónde estaban las chicas, dónde podían encontrarse. Ahora agarran el teléfono, el televisor o la computadora, y ya están en contacto con todas las chicas. No tienen que salir a invitarles una coca cola. La joda ya está pensada. Antes había que conseguírsela. Eran otras costumbres. Y cuando los jóvenes de ahora sean grandes van a decir lo mismo: “Uy en mi época –por esta- era distinto”. No vemos las mismas cosas. Porque yo les llevo  tres generaciones. Me acuerdo que mi padre me decía lo mismo: “Ay, en mi época, qué distinto; ustedes con esos buggies, esa música, qué cosa”. Es una calesita, se va repitiendo; vuelta, vuelta, vuelta… Así es todo. Y no hay que estar diciéndoles eso a los chicos de que otra época fue mejor, porque para ustedes, están en la mejor época, porque es la que conocen. Nosotros ya estamos más cerca de irnos.

Ese es un tema. La muerte. Al principio le tenía miedo. Ahora, no quiero pensar (ríe). Y como estuve a un paso, y Dios me dejó un tiempito más, trato de aferrarme a él y tener fe. Cuando se fue Nadín perdí un poco la fe. Porque pedí tanto, no había santo a quien no le pidiera, a la Virgen, y ella se fue. Ahí me alejé un poco. Pero no hay que alejarse. Si vos tenés fé, no tenés miedo a la muerte. Si tenés fé, pensás que te vas a encontrar con tus seres queridos. Si no, no pensás nada, es horrible. Quiero empezar a tener fé, para morirme en paz, pensando que me esperan mis viejos, mi nieta, y todos los que quise. Decís, bueno, Dios mío, me arrepiento de todos mis pecados, dame paz. Quiero recuperar la fé, antes de morirme. La fé que me inculcaron cuando era chica. Que estaba Jesús, y que la Virgen era mi madre del cielo, que me cobijaba… Eso no quiere decir seguir las formalidades. Mi vieja iba a comulgar aunque no se confesaba. Entonces yo le decía “pero mamá no te confesaste, fuiste a comulgar”. “Ah, querida, yo hablo con Dios; ¿vos te pensás que le voy a decir a un cura que es más atorrante que yo, mis pecados?, ni loca”, así decía la vieja.
A veces rezo, un solo Ave María, concentrándome mucho y arrimándome. Porque si no por ahí rezás un rosario entero y estás pensando en que mañana tenés que freír pescado. ¿Entendés? Entonces no, achico. Me estoy arrimando, de a poco. Rezo cuando siento que tengo que rezar, porque no estoy engañando a nadie, es por mí que rezo. Lo tomo con mucho respeto.
Entro a la Iglesia, me siento y me quedo allí quieta y tranquila. Después, le voy hablando a Jesús, le hablo. Hasta que por ahí digo, bueno ya me voy. Porque a él no puedo macanearle, ya me aburrí, me rajo. Él me entiende… Mucho tiempo sentada no me quedo.

Cuando hace poco entré al quirófano, al final, pensé en Jesús y en María. Me refugié en ellos… Cuando salí supe que me estaban dando un tiempito más, un changüí, para prepararme mejor. Para volver a la fe. Para tratar mejor a mi marido (ríe). Es lo que estoy intentando.

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